Hablar sobre cine mexicano en el escenario contemporáneo siempre será un tema complicado. Es un asunto reconocido por la audiencia nacional le hecho de que todos los estrenos regulares obedecen a una agenda mediática general sustentada por las grandes televisoras y sus actores afiliados, provocando que los calendarios de estrenos mexicanos estén saturados de comedias y romances telenovelescos.
Sin embargo, cada año existen filmes independientes, o de casas productoras de mediana inversión, que son maltratados por la distribución y por fechas de estreno completamente injustas, siendo destruidas en la taquilla por estrenos estadounidenses masivos, los cuales ya ocupan más del 70% de los calendarios anuales de estreno. Además, este tipo de cine afronta un proceso de marketing mucho más complicado, pues al tratarse de dramas mucho más aterrizados y crudos sobre la realidad del país bajo un estilo contemplativo, resulta complejo crear tráilers o campañas que inviten a la gente a presenciar algo que, por naturaleza y deber artístico, los hará sentir incómodos.
El cine de Alonso Ruizpalacios pertenece a este último gremio, y por ello, sus más recientes filmes, a pesar de gozar de un decente recorrido por festivales internacionales, mantienen un mejor ritmo de atención dentro de las plataformas de streaming, donde el cine mexicano que es diferente y atrevido ha encontrado un hogar para existir.
Así llega a los servicios de streaming La Cocina. Dirigida por Alonso Ruizpalacios (Güeros, Una Película de Policías), y protagonizada por Raúl Briones (Club de Cuervos, El Norte sobre el Vacío), Rooney Mara (El Callejón de las Almas Perdidas, María Magdalena), Anna Díaz (Un Cuento de Pescadores, Del Manantial del Corazón), Soundos Mosbah (Classe Unique, Iskander), Motell Gyn Foster (Historia de un Matrimonio, Comité de Dioses), Laura Gómez (La Ley y el Orden: Unidad de Víctimas Especiales, Orange is the New Black), Oded Fehr (La Momia, Resident Evil 5: La Venganza), James Waterson (La Sociedad de los Poetas Muertos, Capital Humano), Lee Sellars (Tár, Luke Cage) y Eduardo Olmos (Beachworld, La Casa de la Abuela).
En este drama, seguimos la historia de Pedro (Raúl Briones), un cocinero mexicano en un restaurante neoyorquino que se reencuentra con su hogar en la forma de Estela (Anna Díaz), quien llega en búsqueda del sueño americano. Mientras Pedro guía a Estela en su primer día de trabajo en la cocina, deberá afrontar el incómodo estado de su relación con Julia (Rooney Mara), la cacería de brujas liderada por Luis (Eduardo Olmos) tras un misterioso robo a la caja fuerte, y el duro cuestionamiento de si el sueño americano es todo lo que esperó.
Dos elementos saltan a la vista en el instante en el que inicia la película: color y aspect ratio. El primero dota al filme con una clara apariencia blanco y negro, estableciendo la metáfora visual bajo la cual los personajes construyen su filosofía superficial, que al mismo tiempo se propone como parte de la hipótesis principal de la historia, donde el concepto antropológico básico del “ellos vs nosotros” se coloca bajo el muy pertinente contexto de “inmigrantes vs nativos”, más específicamente, y utilizando la geografía principal de la historia, “inmigrantes vs estadounidenses”.
Cada personaje propone su propia visión del blanco y el negro, creando estigmas personales e influyendo en sus interacciones de manera diferente hasta conseguir ángulos y reacciones únicas, creando un rompecabezas de perspectivas que suman hacia una conversación sumamente interesante. A través de este método, la película como conjunto no responde sobre qué blancos y qué negros son correctos o no, pero sí construye sobre ellos la suficiente información para crear un matiz de diferencias relacionables que hablan de forma global.
A manera de subconsciente para los personajes, pero sumamente importante para la narrativa de la historia, la decisión del blanco y negro también elabora sobre lo que se necesita para ser parte del sueño americano, implicando, que el inmigrante debe dejar atrás todo tipo de rastro individual – religión, gastronomía, familia, tradiciones, costumbres, color – y someterse completamente al nuevo sistema, sacrificando una parte de su alma por una vida mejor, aunque esto implique vivir con dolor por el resto de su vida.
Todo lo anterior se sustenta a través del aspect ratio, el cual se divide en dos formatos muy concretos con gran poder sobre la presión emocional de los personajes. Por un lado, toda escena ajena a la cocina está grabada en 16:9 – pantalla completa –, mostrando todo tipo de detalles, aire y profundidad dentro del cuadro que nos hagan entender la magnitud y las posibilidades de la ciudad; por otro lado, toda escena al interior automáticamente se presenta en 4:3 – cuadrado –, aportando, más allá de una sensación claustrofóbica, una idea similar a la de una celda, de la cual los personajes deben escapar, liberarse o tener el permiso de salir de ella.
En conjunto, estos elementos construyen una asombrosa metáfora narrativa que cobra absoluto sentido a través de la experiencia de Pedro y de un diálogo extremadamente puntual por parte de Nonzo (Montell Gyn Foster), personaje secundario que funciona como vínculo en la otredad debido a su origen afroamericano. Sin entrar en detalles sobre la historia, éstos últimos dos conceptos crean una similitud entre la cocina y el proceso migratorio, estableciendo a ambos espacios como escenarios multiculturales altamente burocráticos que se sostienen bajo la promesa de la aceptación, utilizando este método como combustible moral para el uso indiscriminado de la fuerza laboral.
En este escenario, el lenguaje es un arma revolucionaria y símbolo de identidad. La historia, maneja esta característica como el último vestigio del ser original de cada uno de los personajes, un recuerdo del hogar, del pesado, y una expresión de protesta dentro del sistema que se vuelve un arma de doble filo al ser tanto un método de expresión de orgullo, como una marca de exclusión dentro de la hegemonía a la que buscan pertenecer.
El guion, sustentado con las conceptualizaciones anteriores, ofrece una historia llena de significado, con cada cuadro y secuencia siendo finamente calculada para elaborar sobre todas estas filosofías y preocupaciones, creando un ritmo vertiginoso e íntimo, sin ningún temor para desnudar la mente de los personajes y colocarlos en medio de un laberinto que confronta su lógica en contra de la del territorio en el que se encuentran.
Cada una de las actuaciones ofrece un trabajo espectacular, dotado de un increíble rango de emociones y gesticulaciones que hace de cada interacción completamente especial y valiosa en el desarrollo de la historia y de sus arcos individuales, especialmente al tomar todos los conceptos filosóficos anteriormente descritos y presentarlos como reacciones emocionales, sin necesidad de elaborar en monólogos sobre el significado de cada suceso.
Raúl Briones se luce como un hombre completamente despreciable cuya necesidad nace de la desesperación. A través de una actuación ruidosa y escatológica, Briones logra comunicar la experiencia de un ser estancado en el cumplimiento de su propio sueño, completamente insatisfecho con la vida que tiene, soñando constantemente con su hogar a pesar de convencerse de que la vida frente a él es la correcta. Su descenso por la espiral del caos mental es un viaje interesante para redescubrir dónde se encuentra su verdadero deseo, elaborando sobre qué sucede cuando alcanzas tu objetivo, pero no resulta como esperabas.
Cada uno de los personajes alrededor de Briones aporta a esta perspectiva, creando una cocina internacional que se siente viva en cada esquina, llena de color a pesar de la ausencia de este en pantalla.
En cuestión técnica, el trabajo de cinematografía y edición es impecable. Cada cuadro ofrece una iluminación que sólo puede describirse como hermosa, creando sombras y luces rígidas, con un contraste admirable que reafirma la idea conceptual de los blancos y negros. El ritmo de la película es preciso, entendiendo cuando es el momento perfecto para ser rápida y ruidosa, y cuando es ideal detenerse y admirar el momento, creando un excelente balance entre tensión y exposición.
Al final, La Cocina es una experiencia imperdible, una película mexicana que elabora sobre la experiencia en el extranjero desde un punto de vista que anhela por el regreso a casa tras el entendimiento de los sacrificios personales, ideológicos y espirituales que son necesarios para cumplir con el sueño americano. Con actuaciones asombrosas, una historia llena de emociones y tensión, y un final digno de un largo análisis, este es un filme diferente que vale al que vale la pena poner atención.
9.5/10