Cuando una niña brilla en ajedrez, pero Puebla y México la frenan.

Cuando mi hija tenía 8 años, sus ojos se iluminaban al mover un peón en el tablero. Era un ajedrez que tenía en casa desde mi juventud, cuando mi primo me enseñó a deslizar las piezas con torpeza. Se lo regalé un día, imaginando que sería un pasatiempo fugaz. Pero me equivoqué. Ella insistía en que le enseñara, aunque mis conocimientos apenas pasaban de lo básico. Lo adoptó en un taller del colegio, donde sus primeras partidas cobraron vida. Pero la rutina nos arrastró: la escuela, las tareas, las distracciones. El tablero acabó olvidado en un rincón, cubierto de polvo, y su chispa pareció apagarse. Hasta hace 10 meses, cuando algo en su interior se encendió de nuevo. A sus 12 años, decidió retomarlo, y su constancia me asombra, como si el ajedrez la hubiera esperado con paciencia. Hace poco, logró un sexto lugar en la FEMEDEES, clasificando para representar a México en Serbia. Pero no hay recursos para el viaje. Su sueño pende de un hilo, y yo, como madre, me pregunto: ¿hasta dónde puede llegar el talento sin apoyo?

Su historia no es solo suya; es un reflejo del ajedrez femenil en Puebla, un mundo lleno de pasión, pero atrapado entre barreras. En esta ciudad de volcanes y catedrales, el deporte no siempre abraza a las mujeres como debería. Mi hija entrena en el club Alfides, donde es de las pocas chicas entre un mar de chicos. A veces me cuenta cómo siente que la miran diferente cuando reta a otros adolescentes del colegio, como si tuviera que demostrar más solo por ser mujer y la expectativa en automático de que el varón es el que sabe. Y no es solo una percepción suya; es parte de un contexto nacional donde el ajedrez y el deporte en general siguen siendo terrenos dominados por hombres. Según el INEGI, en 2023 solo el 38% de los deportistas federados en México eran mujeres, una cifra que apenas ha crecido en una década. En ajedrez, la brecha es aún más pronunciada: la FIDE reporta que menos del 15% de los jugadores registrados a nivel mundial son mujeres, y en México esa proporción no mejora. En Puebla, la Asociación de Ajedrez del Estado lucha con lo que tiene, pero las sedes son escasas, los entrenadores no abundan y el apoyo económico brilla por su ausencia, especialmente para las niñas que sueñan con un título.

La CONADE, encargada del deporte nacional, presume iniciativas como los Nacionales CONADE, donde en 2024 participaron 1,200 ajedrecistas, pero solo el 32% fueron mujeres. La FEMEDEES, que impulsa el deporte escolar, organizó la Gimnasiada Nacional en Puebla ese año, mi hija participó junto con otras niñas y vibró viendo a chicas como Karina Guillén Moreno ganar medallas. Pero el sexto lugar de mi hija, que le dio un boleto a Serbia, chocó con la cruda realidad: no hay fondos. En 2023, el presupuesto de CONADE para competencias internacionales fue de 120 millones de pesos, pero apenas un 10% se destinó a deportes como el ajedrez, y menos aún a categorías femeniles. Esas cifras cuentan una historia: el talento no basta si no hay quién lo respalde.

Aun así, las niñas ajedrecistas inspiran. El regreso de mi hija al ajedrez ha traído más niñas al club Alfides, y su hermanita de 4 años ya mueve piezas con curiosidad. Ella no se rinde: estudia aperturas, analiza errores, celebra empates como victorias. Pero el jaque mate no viene de sus rivales, sino de un sistema que no invierte en ella ni en tantas otras. En Puebla, el ajedrez femenil necesita más que sueños; necesita entrenadoras, espacios seguros y un presupuesto real. La CONADE y la FEMEDEES deben pasar de eventos a soluciones. Porque mi hija y su hermanita, con su tablero y su pasión, me muestran que las limitaciones son el inicio de una lucha. Sueño con un día en que suban al podio, no como excepciones, sino como la norma.

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